Divagaciones sobre “derechos de imagen”

Foto: © Garry Winogrand

Hace un par de días estuve en Madrid y aproveché para ver algunas exposiciones de PhotoEspaña.

La Fundación Telefónica ofrece un recorrido muy extenso por la historia del desarrollo de la fotografia gracias a la Leica. La exposición permite sobre todo re-descubrir muchos detalles sobre cómo y porque, se desarrollaron diferentes estilos de fotografía desde la Nueva Visión y el foto-reportaje clásico, hasta la fotografía humanista y la fotografía del autor, tomando como punto de partida la aportación y el impacto que la famosa Leica tuvo en cada momento. Por lo tanto, para los que ya están familiares con todos estos temas, es más bien un recorrido que refresca la memoria. Pero a mi, la agrupación de todos estos grandes nombres (Henrie Cartier Bresson, Leonard Freed, Gary Winogrand, Joel Meyerowitz – por nombrar sólo algunos de los que trabajaron sobre todo en la calle – me hizo pensar en los derechos de imagen.

Creo que la gente en Europa desarrolló una relación muy particular con este concepto, muy particular y muy poco coherente. No es raro que, cuando fotografiamos en la calle, de repente alguien se acerca pidiendo que borremos su foto, en caso de que si lo habíamos tomado. Entiendo que pueda molestar, que a veces queremos pasar desapercibidos o que simplemente alguien en un momento dado se encuentra en una situación/sitio que no quiere revelar a nadie. Para nosotros, los fotógrafos, es una situación muy frustrante y muchos por desgracia reaccionan mal, sin saber ni siguiera que en España no se puede fotografiar a la gente en la calle, a excepción de si se trata de una persona publica o que la importancia de la información prevale al derecho individual de imagen. Por lo tanto si alguien te pide a que borras la foto que tomaste de él, lo tienes que hacer y punto.

Para mi es una cuestión de respeto, que va más allá de leyes y obligaciones. Considero que tengo derecho tomar fotos, pero respeto el derecho de alguien de no querer aparecer en ellas. En una situación así, si alguien me lo pide explícitamente, borro la foto.

Pero hay otra cosa a la cual siempre pienso en este tipo de situaciones o cuando voy a ver exposiciones como la que está al origen de este post. Las personas que hoy en la calle nos piden que borremos su foto, ¿ellas nunca fueron a ver exposiciones fotográficas de este tipo? ¿Nunca miraron con admiración, curiosidad, o incluso una cierta dosis de voyeurismo fotos de Cartier Bresson, Joan Colon, Doisneau y de tantos otros? Si lo hicieron, si no tuvieron ningún problema en mirar este tipo de fotografías, ¿hasta que punto pueden exigir hoy a que se respeta SU derecho de imagen?

Una vez estuve en un bar con un amigo muy apasionado por la fotografía. Juntos hemos visto muchas exposiciones, muchas imágenes y pasado muchas horas hablando de fotos. Aquel día tomábamos tranquilamente una cerveza y de repente vi que mi amigo gira un poco la cabeza intentando en mismo tiempo tapar su cara. Me di cuenta que alguien, en otro lado de la sala, estaba tomando fotos. La reacción de mi amigo me sorprendió mucho. Pensé en todas las fotos de otras personas que hemos visto juntos y su actitud me pareció muy poco coherente.

Si todas las personas, captadas en momentos de vida muy variados, hubieran pedido al fotógrafo que destruye la foto, hubiéramos perdido una parte inmensa de imágenes maravillosas. Hubiéramos perdido mucha información sobre como la gente vivía en varios momentos de nuestra historia. Hubiéramos perdido mucha belleza y mucha emoción. Cuando miro las fotografías que Garry Winogrand tomo de las mujeres en las calles de varios ciudades, cuando pienso que todas estas fotos podrían no haber “visto la luz” si ellas hubieran exigido a que se respeta su derecho de imagen, me digo “¡Que suerte tenemos que no lo hicieron!”.

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El género no entiende de edad

Publicación de mi fotoreportaje sobre la transición en edad adulta.

Versión digital del fotoreportaje: http://bit.ly/7k_jarzabek

Publicación en la revista 7k, 25.06.2017

Publicación en la revista 7k, 25.06.2017

Publicación en la revista 7k, 25.06.2017

Publicación en la revista 7k, 25.06.2017

Publicación en la revista 7k, 25.06.2017

Publicación en la revista 7k, 25.06.2017

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Entre l’OTAN i Rússia

Publicación de mi reportaje sobre el despliegue de la OTAN en Polonia:

Publicado en el periódico ARA, 18.06.2017

Publicado en el periódico ARA, 18.06.2017

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Londres: entre el bar Polaco y la mezquita.

La mezquita de Acton, Londres 2017

Hace un par de semanas tuve el placer de participar en un Festival de Cultura en Londres y, como mi último viaje a esta ciudad remonta a 12 años, decidí quedarme un par de días más para “callejear” con mi cámara. Me interesaba descubrir barios más lejanos, sobre todo los que son habitados en gran parte por la inmigración Polaca. Quería ver como viven, como funcionan, palpar el ambiente.

Uno de estos barios, Acton, situado a una hora de tren del centro, resultó ser muy diverso. Cuando salí de la estación, me quedé impresionada por la mezcla de nacionalidades, sabores, olores, culturas. Lo vi como una gran riqueza, sobre todo hoy cuando tanto se habla de asimilación y adaptación, pidiendo a los inmigrantes que hagan un esfuerzo. Creo que Enric González, en su libro “Historias de Londres”, describió perfectamente esta sensación:

“Los ceilandeses, como muchas otras minorías, no sintieron necesidad alguna de adaptarse a su nueva ciudad; por el contrario, hicieron que su Londres se adaptara a ellos. Y allí siguen, con su idioma, su vestimenta, su comercio y sus costumbres, sin que a nadie le parezca ni bien ni mal. Londres no es integradora: en ese caso toleraría mal la diferencia y reclamaría la asimilación. Londres no teme los cambios, ni teme a los extranjeros, ni teme perder una identidad determinada. Es de una indiferencia majestuosa.”

Yo, una emigrante que pasó mitad de su vida fuera de su país, no considero ver toda esta mezcla como algo malo o peligroso. Los monolitos nunca me interesaban, al contrario, creo que justamente la falta de diversidad puede resultar muy arriesgada.

Busqué uno de los bares Polacos que, sabía, estaban en Acton. Justamente aquella noche hubo un partido de footbal – la representación Polaca jugaba contra la Rumanía. El bar estaba llenísimo. De repente me sentí como si estaba en Polonia: la gente hablaba únicamente polaco, había banderas polacas por todas partes, las caras parecían claramente del “Este” y la cerveza corría a ríos. Sentí todo esto como un pequeño preludio visual, que permite darse cuenta de las dimensiones a las cuales llegó la comunidad Polaca en Londres. Los Polacos funcionaban como si estaban en Polonia profunda, con pleno derecho de expresar su manera de ser. Nada más normal y natural.

Me quedé un rato observando y finalmente decidí seguir mi paseo. De repente di con una gran mezquita, literalmente a dos pasos del bar Polaco. El edificio me impresionó. Nunca vi una mezquita semejante en Barcelona. En Barcelona, en la mayoría de los casos, los musulmanes se tienen que reunir en pequeños espacios dentro de edificios viejos, en los cuales algún local fue adaptado para la sala del rezo.

Era ya la noche, y la gente salía justamente después de haber participado en un rezo. Cogí la cámara y mientras que enfocaba, vi a un hombre acercándose hacía mi. – “¿Me tomaste la foto?” – “Bueno, también, pero sobre todo me concentraba en la mezquita” – respondí imaginando ya que me va echar una bronca, cómo suele pasar bastante a menudo en Europa. Nada más lejos.
Empecé hablar con él y finalmente Wasif me invitó a la mezquita. – “Ven a verla por dentro y cenar algo con nosotros.”

Me di cuenta que estamos en pleno Ramadán, el mes santo de Islam. En este mes la cena tiene una importancia muy grande, rompe el ayuno del día y la gente procura pasarla siempre en compañía de los familiares o otras personas. Nadie quiere romper el ayuno de Ramadán sólo. No se rechaza una invitación a la cena de Ramadán.

Acepté la proposición y Wasif me condujo a la cocina a donde me invitaron a servirme de toda la comida que me apetecía. Luego tuve que subir al espacio de mujeres, a donde Wasif no pudo entrar – “Te esperaré abajo, pero tu toma tu tiempo.” – dijo.

Cuando entré en la sala, las mujeres me miraron con cierta curiosidad pero en mismo tiempo en sus caras se extendían grandes sonrisas. Me senté con ellas explicando como aterricé en medio de su cena. – “Tengo que cubrir mi cabeza aquí verdad? – pregunté buscando algún pañuelo en mi bolsa – “No es obligatorio, depende de cada persona. Si te apetece, hazlo, sino no, pasa nada”. Lo hice. Me pareció un mínimo señal de respeto frente a esta acogida tan generosa.

No pude quedarme mucho tiempo allí y fue para mi una gran lástima. Llegué justamente cuando estaban terminando su comida y no tuve mucha ocasión hablar con ellas. Fue también mi última noche en Londres y sabía que de este momento fugaz, hay que aprovechar lo máximo que se pueda.

Cuando bajé, Wasif me esperaba con paciencia y…. con una bolsa que contenía varios cartones de zumo de frutas, botellas de agua y fruta – “Cómo me dijiste que mañana te vas ya a Barcelona, te preparé esto.” – dijo entregándome la bolsa. Era imposible rechazar y tuve todo el mal del mundo explicarle que no hace falta que me acompañe además en coche hasta mi hotel. Conseguí negociar un acompañamiento hasta la estación de tren y allí nos hemos despedido, como si fuéramos los mejores amigos desde hace mucho tiempo.

 

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Irán – un país que dejó una huella en mi corazón.

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Irán, Tashk village, 2008

Hace algunos años tuve la oportunidad de ir a Iran. Fue en 2008, poco tiempo antes de la revolución verde. Fue un viaje de dos semanas durante los cuales recorrí el país en compañía de dos hombres. En momentos me desplazaba también sola y como siempre, utilizaba los transportes locales, que en la mayoría fueron los taxis colectivos. El gran problema de un taxi colectivo es saber donde cogerlo. Tienes que conocer los sitios a donde se paran para ponerte allí en la acera y esperar. Me encanta viajar de esta manera, es lo mejor para poder interactuar con la gente local, ver como funcionan las cosas, mezclarse en el ambiente. En este sentido, me considero “heredera” de Kapuscinski.

En Iran la gente es extremamente hospitalaria. Nunca encontré algo semejante en ningún otro sitio. Son dispuestos a dejarlo todo para ayudarte. Literalmente, y a veces, hasta exagerándolo. Un día en Teheran, pregunté a una chica en la calle como llegar a tal y tl sitio. Intentó explicarme y finalmente me dijo: “Te voy acompañar”. Como sabía que el sitio en cuestión estaba lejos y que hay que utilizar transporte alguno para llegar, pensé que ella iba en la misma dirección. Cogimos un taxi colectivo, luego otro. Finamente después de una hora y media de trayecto hemos llegado a una estación de trenes locales y allí la chica me dice: “Tienes que comprarte un billete aquí, a tal dirección y te queda una hora de viaje más o menos”. La miré y dije: “Y tú?” – “Yo vuelvo”. Y volvió al sitio a donde la pare en la calle por la primera vez.
A lo largo de dos semanas, historias de este estilo se multiplicaron de manera impresionante. Hasta llegar a un momento en el cual un taxista rechazo mi pago por el trayecto diciendo que soy “invitada en su país”.

A un momento hemos decidido aventurarnos en una región completamente desconocida a donde había un “lago” que se llenaba de agua sólo algunos meses al año. El resto de tiempo, la tierra quedaba prácticamente desértica. No había ninguna ciudad ni pueblo en alrededor, a excepción de algunas casitas de paisanos. Nos costó encontrar un taxista que quizo llevarnos allí. Finalmente hemos conseguido y al llegar, decidimos intentar quedarse por la noche. Simplemente preguntamos a uno de los paisanos si es posible dormir en algún lado. No nos entendíamos porque ni ellos hablaban ingles ni nosotros Farsi. Como se escribir un poco árabe, intenté explicar las cosas así. Nos acogieron y al despertarme muy temprano por  la mañana, vi esta “tienda” en la cual dormía uno de nuestros huéspedes.

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¿Porqué fui a Franja de Gaza?

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Casa familiar en un bario de Gaza después del ataque de los francotiradores israelís. Franja de Gaza, 2003 © Hanna Jarzabek

¿Porqué fui a Franja de Gaza? Es una pregunta recurrente, sobre todo cuando menciono que fui no sólo una, sino tres veces. El último viaje, más largo y más impactante, duro 3 meses y la verdad es que se terminó porque no había otra opción. ¿Pero, porqué fui?

En 2002, cuando la II Intifada estalló en los Territorios Ocupados yo seguía mis estudios en Ciencias Políticas en Ginebra. Un día vi una de estas fotos del niño con una piedra en la mano enfrentándose a un tanque. No lo entendía. Esta imagen me pareció brutal, pero sobre todo totalmente surrealista. Se que hoy, suena un poco raro porque por desgracia, desde entonces hemos visto muchos más horrores y quizás nos hemos acostumbrado. Pero en 2002, esta foto me marcó.

Necesitaba entender lo que estaba pasando allí. Empece a leer, a buscar información y poco a poco se me hacía claro que tengo que ir y verlo con mis propios ojos. El primer viaje duro 2 semanas. Fui acompañada con un grupo de 30 personas. Más allá de como funcionó aquel viaje, del horrible fenómeno de “turismo de guerra”, de chocante actitud de europeos que imaginaban que iban a salvar el mundo; más allá de todo esto, lo que encontré al entrar en los territorios ocupados sobrepasaba todo lo que me podía imaginar.
En este primer viaje lo que más me marcó fue un viaje a Jenin. Fuimos allí justo un mes después del masacre que el ejercito israelí llevó a cabo y sobre el cual las agencias de la ONU así que diversos países occidentales debatían durante meses después. Yo cuando entré en Jenin me sentí como si alguien me hubiera puesto en medio de un plano de una película sobre la Secunda Guerra Mundial. En Polonia, durante mi infancia estas películas eran omnipresentes y en Jenin me sentí como si alguien me hubiera hecho parte de una de ellas. En un lugar vi una silla de ruedas que colgaba a media de una ventana del secundo piso del edificio (o más de lo que quedaba del edificio). Intenté e intento no pensar como esta silla acabo allí.

La fotografia arriba fue tomada meses después, durante mi tercer viaje ya cuando vivía en la Franja de Gaza unos tres meses.  Trabajaba cómo voluntaria en un centro de reeducación para los niños palestinos con traumatismos y problemas de comportamiento provocados por la ocupación. Un día, mientras que estaba en la escuela, uno de los trabajadores llegó gritando que algunas familias fueron atacadas por el ejercito Israelí por ser consideradas como “terroristas”.  En aquella época en Franja de Gaza todavía había las colonias, Hamas estaba lejos del poder y el ejercito Israeli con sus checkpoints y armas era omnipresente.
Cogí mi cámara y pedí a mi colega Palestino que me llevara a la casa de la familia atacada.
Entré en el edificio totalmente vacío, ya no había nadie. Sólo se podía ver marcas de la reciente lucha. En la escalera vi gotas de sangre que seguían hacía arriba. Decidí seguir estas manchas y poco a poco entendí que algún herido intentaba esconderse.  Cada vez cuando pasaba al lado de una ventana probablemente recibía una nueva carga, porque las manchas de sangre eran más fuertes allí. Un francotirador israelí desde distancia y con precisión seguía a su presa. Cada vez cuando la bala alcanzaba a la víctima, el cuerpo dejaba detrás un nuevo brote de manchas de sangre. Hasta esta última descarga, la más grande y la que acabó la huida. Miré estas manchas imaginándome como el francotirador alejaba la arma de su cara, la recogía y se levantaba para quizás ir a repetir lo mismo en algún otro lugar.
Aquel día la mayoría de los miembros de esta familia fueron matados.

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El día cuando entendí la importancia de la fotografía en mi vida.

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“Smoky Mountains, Manilla / Filipinas (2000) © Hanna Jarzabek

Fue hace 17 años. Estaba estudiando Ciencias Políticas y tuve ocasión hacer un viaje a Filipinas. Tenía una cámara conmigo, pero la verdad es que en aquella época tomaba fotos de vez en cuanto sin jamas pensar que este interés se podría desarrollar en algo más “serio”.
En Filipinas conocí a un fotógrafo local, y cuando le dije que me gustaría ver los “Smoky Mountains” me dijo que me acompañara.

“Smoky Mountains” (literalmente “Montañas ahumadas”) son en realidad grandes montañas de basura, situadas en los afueras de Manila. La dimensión de este vertedero y por lo tanto el olor que desprende, es tan grande, que cuando uno se va acercando, empieza a tener el estomago revuelto y ganas de vomitar mucho antes de ver las “montañas”.
En este gran vertedero viven personas que se mantienen gracias a la colecta y reventa de la basura. Viven y comen allí. Cada vez cuando llega un nuevo camión de basura la gente se agrupa corriendo en su alrededor, levanta la cabeza y espera la descarga para poder recuperar lo máximo que puedan. Nunca vi algo semejante.

Gracias a mi amigo “fotógrafo local” pude hablar con la gente y no me sentía como una típica “curiosa” que vino sacar fotos rápidamente e irse corriendo. Me quede un buen rato observando, hablando con ellos y fotografiando. Me ofrecieron a comer y a beber. La verdad es que se me revolvía todo pero acepté su hospitalidad dándoles las gracias. Su generosidad a pesar de las condiciones en las cuales se encontraban me emocionó.
A un momento mi amigo fotógrafo ce acercó diciendo que no podía aguantar más este olor. Quería irse, lo que me sorprendió. Le dije “¿Ya? porque hasta aquel momento no era consciente del tiempo. Jojo me miró con ojos suplicantes diciendo “¡Hace 7 horas que estamos aquí!”

Tarde 8 años más en entender que no puedo hacer otra cosa. El trabajo de politóloga desde luego no me llenaba tanto. Cada vez cuando cogía la cámara y a través de la lente observaba el mundo, era para mí un momento mágico. Era y es también la única manera que me hace sentirme plenamente yo y en acuerdo conmigo misma.

Aquel día en “Smoky Mountains” me marcó. Una de las fotos que tomé entonces, me acompaña hasta ahora, recordándome desde la pared cómo empezó la gran pasión de mi vida. Cada vez cuando la miro, me siento aun más convencida que no podría elegir otro camino.

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